Allá por el 2001, cuando terminó la década del 90', parecía difícil
pensar en volver a hacer historia. El pretendido fin de las ideologías
había hundido consigo cualquier proyecto político y económico que
hubiera sobrevivido a los años del Terror. Este vacío, la nada negra que
heredaba el nuevo milenio, se reflejaba en la fuerza con que el que se vayan todos
se imponía como única respuesta posible. Los 40 muertos por la
represión sobre el cacerolazo, el helicóptero despegando de la casa
rosada, la sucesión de cuatro presidentes en doce días; por aquel
entonces, nadie se hubiera atrevido a intentar el más mínimo esbozo de
qué sucedería en los años siguientes.
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Heidegger distingue dos maneras de vivir la historia. Una es impropia o
inauténtica, y consiste en olvidar el pasado como si nunca hubiera
tenido lugar. La otra, la historicidad propia o auténtica, supone -al
contrario- la recuperación de la memoria, pero además su proyección
hacia el futuro como vector del presente; dicho de otro modo, se trata
de interpretar las condiciones materiales actuales a la luz de lo que
fue, pero también de lo que se quiere que sea, de una propuesta a
construir, de la afirmación de un sentido por venir.
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Apenas se pisa Tecnópolis uno tiene
la sensación de estar en una exposición diferente a todas las conocidas.
Las decenas de galpones de tamaño descomunal que pueblan el predio
muestran tractores, maquinaria agrícola, autos, colectivos, barcos,
robots, satélites; hay un stand del Conicet, otro de la Agencia de Ciencia y Técnica; están los famosos Pulqui I y II
junto a reproducciones en tamaño real de aviones de Aerolíneas
Argentinas; hay espacios dedicados a las centrales energéticas y a los
laboratorios bioquímicos que funcionan en el país.
Pero superado el primer momento de extrañeza y al empezar a leer los
carteles que informan las fechas de descubrimientos e inventos
nacionales, lo diverso del recorrido empieza a cobrar sentido.
Tecnópolis no es una simple exposición, sino la manifestación de un
proyecto, la promesa de un modelo en construcción y a construir, la
evidencia de un desarrollo en marcha. Es la muestra de la recuperación y
repetición del mayor esfuerzo que hubo en la historia argentina por
fomentar la industria nacional; es el indicio del primer verdadero
renacer del sueño peronista, después de las desvergonzadas apropiaciones
del nombre del movimiento para convalidar políticas que nada tuvieron
que ver con las de 46-55'. Tecnópolis es nacional en su propósito y
contenido, pero además, por azar o destino situada en el conurbano
bonaerense -en Villa Marteli- y no en la Capital Federal, es
indudablemente popular. Y sin embargo, quizás lo más interesante sea ver
cómo allí el peronismo se mezcla con motivos y preocupaciones propias
del siglo XXI, ausentes en su versión original, como los derechos
humanos o la interpelación a la juventud desde lo político y desde lo
cutlural.
Tecnópolis revela de la manera más concreta posible que después del
colapso del 2001, la historia recomenzó. Y que ese nuevo principio es,
en realidad, una relectura del pasado que incorpora lo nuevo para
proyectar al futuro un sendero propio. En Tecnópolis se vuelve a vivir
el peronismo, pero también se vive algo más, algo novedoso y aún en
pleno devenir, algo en lo que es necesario participar para poder luego
asumir a conciencia la responsabilidad irrenunciable de haber formado
parte de la misma historia. Lo que queda claro al salir de Tecnópolis es
que el futuro no puede desligarse del pasado ni construirse sin
memoria, pero también que el futuro no podrá ser un calco ni una
repetición vacía de lo que fue.