desde el desierto

De Pascal a Kierkegaard iba afirmándose una idea muy interesante: la
alternativa no recae sobre los términos a elegir, sino sobre modos de
existencia de la persona que elige. Es que hay elecciones que no es
posible hacer sino a condición de persuadirse de que no se tiene opción,
a causa de una neccesidad moral (el Bien, el deber), de una necesidad
física (el estado de cosas, la situación), o de una necesidad
psicológica (el deseo que uno tiene de algo). La elección espiritual se
da entre el modo de existencia del que elige a condición de no saberlo, y
el modo de existencia del que sabe que se trata de elegir. Es como si
hubiera una elección de la elección o de la no elección. Si tomo
conciencia de la elección, entonces hay elecciones que ya no puedo
hacer, y modos de existencia que ya no puedo llevar, todos aquellos que
llevaba a condición de persuadirme de que «no había opción». La apuesta
de Pascal no dice otra cosa: la alternancia de los términos es
efectivamente la afirmación de la existencia de Dios, su negación, y su
suspensión (duda, incertidumbre); pero la alternativa del espíritu está
en otra parte, está entre el modo de existencia del que «apuesta» a que
Dios existe y el modo de existencia del que apuesta por la no
existencia, o que no quiere apostar. Según Pascal, sólo el primero tiene
conciencia de que se trata de elegir, y los segundos no pueden efectuar
su elección sino a condición de no saber de qué se trata. En suma, la
elección como determinación espiritual no tiene otro objeto que ella
misma: yo elijo elegir, y con ello mismo excluyo toda elección hecha
según el modo de no tener opción. Esto será también lo esencial de lo
que Kierkegaard llama «alternativa», y Sartre «elección», en la versión
atea que de ella ofrece.
Deleuze,
La imagen movimiento, p. 167,