28 de enero de 2012

desde el desierto


De Pascal a Kierkegaard iba afirmándose una idea muy interesante: la alternativa no recae sobre los términos a elegir, sino sobre modos de existencia de la persona que elige. Es que hay elecciones que no es posible hacer sino a condición de persuadirse de que no se tiene opción, a causa de una neccesidad moral (el Bien, el deber), de una necesidad física (el estado de cosas, la situación), o de una necesidad psicológica (el deseo que uno tiene de algo). La elección espiritual se da entre el modo de existencia del que elige a condición de no saberlo, y el modo de existencia del que sabe que se trata de elegir. Es como si hubiera una elección de la elección o de la no elección. Si tomo conciencia de la elección, entonces hay elecciones que ya no puedo hacer, y modos de existencia que ya no puedo llevar, todos aquellos que llevaba a condición de persuadirme de que «no había opción». La apuesta de Pascal no dice otra cosa: la alternancia de los términos es efectivamente la afirmación de la existencia de Dios, su negación, y su suspensión (duda, incertidumbre); pero la alternativa del espíritu está en otra parte, está entre el modo de existencia del que «apuesta» a que Dios existe y el modo de existencia del que apuesta por la no existencia, o que no quiere apostar. Según Pascal, sólo el primero tiene conciencia de que se trata de elegir, y los segundos no pueden efectuar su elección sino a condición de no saber de qué se trata. En suma, la elección como determinación espiritual no tiene otro objeto que ella misma: yo elijo elegir, y con ello mismo excluyo toda elección hecha según el modo de no tener opción. Esto será también lo esencial de lo que Kierkegaard llama «alternativa», y Sartre «elección», en la versión atea que de ella ofrece.
Deleuze, La imagen movimiento, p. 167,